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En septiembre del año 2012 pesaba 285 libras. Realmente era un peso exagerado pero no me preocupaba mucho hasta que un día, caminando desde el restaurante "Lo Nuestro" hasta la Casa Inspectorial Salesiana, unas 4 cuadras largas, tuve que hacer varias paradas porque materialmente me ahogaba.


Llegué a la casa y me fui a acostar porque me sentía mal, me faltaba la respiración y el corazón latía aceleradamente. Al día siguiente fui donde un cardiólogo quien me dijo: "si usted fuera mi padre, mi hijo o mi hermano, solamente le diría una cosa: tiene que operarse para reducir el estómago". Esto me inquietó muchísimo. Consulté con mis mejores amigos en Guayaquil y todos me dijeron que no lo hiciera.


Estando en mi oficina vino a verme la Sra. Sara Intriago de Tarré porque se había enterado de que estaba enfermo. Me recomendó a su nutrióloga, la Dra. Mónica Reyes Posso. Yo me sorprendí porque la señora Tarré no tenía sobrepeso, pero me contestó que era diabética y que necesita un estricto control de su alimentación.  Recuerdo que llegué al consultorio de la Dra. Mónica con una tos terrible que me había provocado las pastillas que estaba tomando para el corazón. Luego del chequeo respectivo, de contarle lo que me había dicho el médico y de confirmarme, por supuesto, de que estaba con una obesidad mórbida grado 3, me dijo: "Vea padre, si se opera usted también tiene que ir previamente a un nutricionista y luego de la operación seguir un tratamiento, así que intentemos con dieta, empecemos a trabajar".

 
Y así lo hice, a la primera semana de llevar estrictamente el tratamiento había bajado diez libras y media. Ello me alegró muchísimo. De ahí en cada consulta semanal íbamos comprobando que bajaba más y más libras. Nunca pasé hambre, aprendí a decir que no, tuve gran fuerza de voluntad. En total bajé 85 libras y me sentía realmente otro. En el mes de abril del año 2013 invité a mi querida Dra. Mónica y al hacer el brindis dije algo que lo sentía de corazón: "para quien cambió mi vida".


Sí, ella cambió mi vida, aprendí a alimentarme de una manera diferente. Además, algo que es importante decir en este testimonio, no solamente era la doctora que te pesaba y daba una dieta, se convirtió en la persona que te escuchaba, que comprendía tus estados de ánimo, que te animaba a seguir adelante con el tratamiento, pues muchas veces, lo es en mi caso, la ansiedad provoca comer y romper la dieta. Ahí no faltaba un pequeño regaño pero siempre salía del consultorio alegre y dispuesto a seguir el tratamiento.
Han pasado más de tres años, mi vida cambió pues Dios me llamó a la misión de ser Obispo de Loja. He tratado de mantener mi dieta aunque a veces es imposible por los constantes viajes recorriendo mi Diócesis. He subido unas pocas libras pero me encuentro bien, todos me dicen que ahí debo quedarme. Es que Mónica quería que yo baje 100 libras pero ahí sí no hubiera sido yo mismo.


Gracias a Mónica, así con la confianza que nos ha dado el conversar y el compartir la vida en su consultorio, yo también escuchándole sobre su hijo adolescente y su futuro, termino este testimonio de gratitud.


 
Mons. Alfredo José Espinoza Mateus, sdb

Obispo de Loja